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Diario Tiempo Sur de Río Gallegos

 

NIGUILLATÚN

El Nguillatún del pueblo Mapuche, o “el ruego de un pueblo por un futuro más próspero”, es un claro ejemplo de la inseparable unión entre espíritu religioso, naturaleza y arte que existe en la cultura de los pueblos originarios argentinos.

Ritos como este, no conllevan una finalidad estética sino que, tanto su motivación como su sentido, se encuentran íntimamente relacionados con las creencias religiosas y su entorno natural.

Básicamente, la expresión artística en rituales como el 'Nguillatún', encuentra su significado en el camino hacia sus dioses, creadores de naturaleza, y a la vez parte integrante de la misma.

Bandera Mapuche

Cada año, en los primeros días de febrero, hombres y mujeres mapuches dejan sus viviendas para emigrar hacia el sitio donde tendrá lugar el Nguillatún, principal acontecimiento anual del mundo mapuche, que augura buen tiempo y prosperidad. En ese sitio, algún lugar de la meseta patagónica, permanecerán durante cuatro días para pedirle al Dios Futachao progreso y bienestar.

A medida que van llegando se presentan ante su cacique.
Según la tradición mapuche, la demostración de abundancia se hace imprescindible en estas grandes celebraciones. Una vez demarcado el círculo ceremonial, y a unos cinco metros del "rehue" o espacio cerrado central, se disponen las ramadas. Ellas serán el único cobijo que tendrán durante esos días de festejo.

La abertura de cada ramada está marcada por dos postes laterales y uno horizontal a manera de travesaño, atados con alambre, que servirá para colgar la carne y sostener los techos. Antiguamente eran realizados en cuero de caballo o guanaco; hoy se confeccionan con lonas o telas plásticas. Toda la familia intervendrá en el acondicionamiento de estas especies de tolderías.

Frente a las ramadas se prepara el fuego en el que se cocinan corderos y chivos. Según las tradiciones, en cada Nguillatún se debe sacrificar la mejor yegua de toda la comunidad para que su sangre se junte con "mapu", la tierra, como rito de fertilidad. Al preparar la ceremonia, los más jóvenes son los encargados de capturar a los animales que serán sacrificados. Tanto la yegua como los corderos son desangrados y su sangre se utiliza en los ruegos a Futachao.

Durante el ritual, el centro del universo mapuche está representado por el "rehue", o lugar hacia donde están dirigidas todas las invocaciones y ruegos. Aquí se colocan banderas y ramas como símbolo de fertilidad y prosperidad, que serán llevadas por los niños sagrados, conocidos como "Piwichén". Para ello, los chicos montarán caballos también considerados sagrados.

Esta larga festividad religiosa comienza con el canto de las ancianas, al que llaman "taïel". Mientras tanto, los hombres pintan en el anca de sus caballos la tradicional huella del avestruz del sur.

La caravana de jinetes avanza desde una distancia de 400 metros, y son precedidos siempre por los niños. La columna sigue lentamente hacia el círculo ceremonial, al compás de los sonidos del Kultrún, un típico instrumento musical que ellos mismos confeccionan. De pronto, los jinetes se lanzan a rienda suelta galopando en círculo alrededor del "rehue". Dan cuatro vueltas lanzando gritos para alejar a los espíritus malignos. Luego se acercan hasta donde está el cacique, quien realiza los ruegos mirando al naciente.

A la mañana siguiente, otro llamado del Kultrún anuncia una nueva jornada. Los niños sagrados se alistan en sus caballos para intervenir en los rituales, precediendo a la columna de jinetes, mientras los bailarines comienzan a ejecutar sus danzas alertados por el llamado del tambor.

Una vez más se repite el galope alrededor del "rehue". Sólo que en esta ocasión los jinetes se acercarán hacia los bailarines y simularán una persecución, todo al ritmo del Kultrún. Esta danza es llamada "choiquepurrún" o danza del avestruz, ya que los bailarines corren agitando su poncho a la manera de las alas de este animal. Una vez rodeada la ramada, los cinco jóvenes, que llevan puesto un tocado de plumas de esa ave y el cuerpo totalmente pintado, inician el baile contorneando el cuerpo y golpeando el suelo con los pies.
Una trompeta natural de caña ahuecada (Trutruca) acompaña al Kultrún con sus primitivos sonidos.

Al caer la tarde, el Kultrún deja de sonar al mismo tiempo que las ancianas detienen sus cantos. En medio de un tenebroso silencio, el cacique, ayudado por algunos jóvenes, acerca al círculo a la yegua destinada al sacrificio. El animal es colocado con su cabeza hacia el oeste en un hoyo donde su sangre se unirá a la tierra, porque, según la cultura mapuche, así lo quiere Futachao. Más tarde se llevará a cabo la carneada. Las mejores partes serán para los caciques como símbolo de respeto y jerarquía. En tanto, las niñas sagradas o "calfumallén" deben permanecer cada noche frente al rehue hasta avanzadas horas de la noche, vestidas con oscuras ropas que representan la lluvia requerida al padre grande.

Durante el amanecer del último día del ritual, se enarbola una bandera negra como signo de ruego por las abundantes lluvias. Al final se lleva a cabo la ceremonia del sangrado de los corderos, en la que intervienen todos los integrantes de la comunidad. En medio de los gritos, las ancianas continúan elevando sus súplicas, mientras la sangre se mezcla con jugo de piñones de araucaria, que luego se arroja sobre los corderos sagrados y al viento. La actitud de los corderos al momento de su suelta determinará el porvenir de la comunidad para el año que se inicia.

El ritual del último almuerzo será compartido por todos en un mismo espacio, a diferencia de los otros días en que cada familia comía frente a su ramada. Todos deben compartir la carne hervida de los corderos, y es fundamental que no se rompan sus huesos para poder enterrarlos intactos como exige el padre mayor, Futachao.

Sobre la cumbre de un cerro cercano, los últimos ruegos acompañan las instancias culminantes del Nguillatún.

 

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