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Para que
éste no se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y
temeroso de que le hiciese preguntas, comenzó a husmear la
tierra buscando raíces y poco a poco se fue alejando entre
los
coirones, hasta llegar a la morada del
flamenco que en ese entonces no lucía los hermosos
colores con que hoy lo vemos.
Apenas
enterado de la noticia, el
flamenco, alzó presuroso el vuelo y llegó a la hora
del amanecer donde ya el
cisne había ocupado su lugar, teniendo a Elal niño
sobre su espalda. Esto llenó de tristeza y fue tal su pena,
que el niño tuvo compasión y en premio a su nobleza le dio
el color de la aurora que ya comenzaba a despuntar.
Aún así,
Kapenke parece vivir siempre apenado y permanece en actitud
solitaria y melancólica en las lagunas patagónicas. |
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