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Hace unos 130 millones de años, durante el Período Jurásico, el área que ocupa este Monumento Natural presentaba un clima estable de gran humedad. Densos bosques con árboles de porte gigantesco, entre los que merecen
destacarse antiguos parientes de los pehuenes o araucarias, se desarrollaban en esta región.
En los inicios del Período Cretácico, erupciones volcánicas que coincidieron con el levantamiento de la Cordillera, sepultaron vastas extensiones del territorio patagónico. Muchos de los bosques cubiertos por ceniza fueron
sometidos a procesos de petrificación. Posteriormente, el viento y la lluvia dejaron al descubierto grandes sectores de este bosque petrificado, que en algunos casos ha quedado con los troncos en pie.
Elevaciones de escasa altitud y contextura basáltica, representan los vestigios de la actividad volcánica de tiempos pretéritos. Un buen ejemplo de ello es el Cerro Madre e Hija, figura destacada en el paisaje que se aprecia
desde el yacimiento paleontológico.
La naturaleza actual del área ofrece interesantes atractivos para el visitante. La vegetación rala y achaparrada, resulta sorprendente por la capacidad que demuestran las plantas para vivir en condiciones ambientales tan
rigurosas. Vegetales de muy diversa posición taxonómica adoptan formas compactas y semicirculares, como cojines. Con este aspecto es factible observar en la zona desde cactáceas de grandes flores anaranjadas hasta varios géneros de margaritas de colores amarillos y, más
raros, blanco-rosados. En los cañadones reparados crecen arbustos como molles, duraznillos, colapiches y calafates, estos últimos poseedores de frutos carnosos y comestibles.
La fauna, si bien escasa y en general esquiva, gracias a que no recibe agresiones por la permanente vigilancia de la zona por parte de los Guardaparques, se deja apreciar con cierta facilidad en las inmediaciones del sendero de
las araucarias petrificadas. Hoy es factible observar pequeñas manadas de guanacos y algunos confiados zorros grises. Chingolos, entre las aves, y lagartijas de variadas tonalidades, son comunes en el lugar. El camino de acceso también ofrece sus atractivos, siendo posible ver
allí el piche patagónico y el choique o ñandú petiso. Este último, es un ave de gran tamaño, plumaje pardo grisáceo salpicado de blanco, cuyos machos son polígamos y se encargan de hacer los nidos, incubar los huevos y cuidar los pichones.
En épocas prehistóricas, el área fue asiento de poblaciones de cazadores-recolectores cuyos testimonios son los diversos y numerosos tipos de asentamientos hallados: picaderos" o talleres, campamentos base, enterratorios y
canteras para la extracción de materias primas. Entre estas últimas, la madera fósil de araucarias de este monumento era seleccionada para la fabricación de instrumentos de piedra.
Para la economía de estos grupos humanos, la diversidad de microambientes del área (vegas, lagunas bajas, alta meseta, pastizales, etc.) ofrecía un conjunto de recursos disponibles en espacios accesibles con cortos
desplazamientos: agua durante todo el año, reparo y leña, buena visibilidad y animales para la cacería (guanacos y choique), una gran disponibilidad de rocas para la talla de artefactos.
MODO DE ACCESO. El acceso al área se encuentra sobre la Ruta Nacional Nº 3, a mitad de distancia entre las localidades santacruceñas de Caleta Olivia, al norte, y Puerto San Julián,
al sur. A la altura del km 2.063 nace la Ruta Provincial Nº 49 que luego de recorrer 50 km llega hasta la Seccional de Guardaparques del Monumento Natural.
DATOS DE INTERES PARA EL VISITANTE. En este Monumento Natural no existen facilidades para acampar debido fundamentalmente a la escasez de agua. El visitante
debe ir provisto de agua potable, alimentos y combustible debido a que la ciudad más cercana se encuentra a más de 200 km de distancia.
Un sendero peatonal recorre 1.000 metros donde se pueden apreciar grandes ejemplares de araucarias petrificadas.
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